La antigua Ragusa romana es hoy una ciudad del todo imprescindible de la costa mediterránea. Dentro de sus poderosas murallas se palpa el poso de una historia de más de mil años que la ha adornado con palacios, cúpulas, conventos y callejas con mucho sabor que, tras una minuciosa restauración después de la guerra de los Balcanes, vuelven a lucir en todo su esplendor.

dubrovnik

A Dubrovnik, para paladear como se merece la estampa de su ciudad medieval entretejida de piedra, hay que llegar a ser posible por mar. Abierta completamente hacia el Adriático y respaldada por colinas, la más encantadora de las ciudades croatas atesora dentro de sus potentes murallas más de mil años de historia que se dejan sentir en cada recoveco de su casco viejo, sembrado de cuestas empedradas y mercados, de puertas monumentales, monasterios e iglesias imprescindibles como la de San Blas o de palacios como el de la Rectoría, que hacen una delicia caminar sin rumbo fijo por sus esquinas. Y todo, sin coches a la vista.

Su fundación se remonta al siglo VII, cuando se instalaron aquí unos refugiados huidos de Epidaurum, la actual Cavtat. En los siguientes cinco siglos Dubrovnik siguió creciendo bajo la protección del Imperio Bizantino y, tras las Cruzadas, bajo el de los venecianos por un siglo y medio más, aunque su Edad Dorada, en la que se engalanó de palacios y elegantes edificios civiles, se desarrolló durante el XV y XVI. Fue entonces cuando la república de Dubrovnik se hizo especialmente próspera gracias a su flota comercial, que mercadeaba con éxito hacia el Este y el Oeste del Mediterráneo, y cuando este estado independiente, gobernado por una élite aristocrática, se convirtió en uno de los más avanzados de su tiempo.

El frenazo para el florecimiento de Dubrovnik que apenas supuso el dominio otomano a partir del XVI se lo dio el terremoto de 1667, que causó más de 5.000 muertos y devastó los edificios principales de la República, abocándola a una decadencia anunciada a la que acabaron dando un último golpe de gracia las tropas napoleónicas al tomar la ciudad.

stradum

Todo el poso de su historia queda encerrado por su muralla, construida entre los siglos XIII y XVI, de casi dos kilómetros y con hasta 25 metros de altura y 6 de grosor, guarnecida con fuertes, bastiones y torreones que, si antaño defendían la ciudad, hoy atrae hacia ella como un imán a los visitantes. En un paseo desde sus alturas se divisa una soberbia panorámica de cúpulas y techados de teja roja, mientras que a sus pies aparece un cogollo compacto y uniforme de patios y estrechas callejuelas que casi inevitablemente van a dar al Stradun, la calle principal enlucida de mármol que secciona en dos el casco antiguo.

Resulta casi milagroso que el centro histórico haya logrado conservarse en tan óptimo estado tras un pasado tan turbulento y, más todavía, tras la guerra de los Balcanes que en los 90 siguió a la desintegración de Yugoslavia, durante la cual la ciudad fue sitiada durante siete meses y cayeron sobre ella más de dos mil bombas. Los trabajos de reconstrucción coordinados por la Unesco, que en 1979 había incluido Dubrovnik en su lista del Patrimonio de la Humanidad, han logrado sin embargo que la ciudad entera luzca de nuevo radiante y que acercarse hasta ella, a las playas que la rodean o a la isla de Lokrum que flota frente a su costa, sea una auténtica delicia.

Etiquetas:

En este post no hay comentarios.

ENVIA UNA RESPUESTA